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Fábricas
Riópar no hay uno, hay dos, esto ha provocado algún que
otro despiste y más
de un malentendido. Los dos pueblos están separados por algunos
kilómetros y un buen
trecho de historia.
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Ninguno de los vecinos de Riópar, que apenas contaba con
una veintena de casas, que subsistían a mitad del siglo dieciocho
dedicados a la agricultura y a la ganadería, podían
imaginar el cambio que para el municipio se fraguaba.
Los gremios de latoneros de todo el país debían de
abastecerse de materia prima de Inglaterra y sobre todo de Alemania.
Esta situación preocupaba a la Junta de Comercio por tratarse de un metal
muy utilizado y que debía importarse en su totalidad.
Ajenos a todo ello,
lo que si debieron apreciar los riopeños, fueron las visitas de personajes
como el médico Francisco Vallejo y Juan Francisco Brilmeje atraídos
por la noticia de la existencia de una mina de calamina en el municipio. Ellos
fueron los primeros en experimentar con ella la obtención de latón.
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Otro de los visitantes fue Guillermo Bowles naturalista irlandés,
su amigo el abogado Juan Pedro Saura intentó poner en marcha la
explotación de la mina en 1.960.
Por diferentes motivos todos los proyectos de obtener latón en España fracasaron hasta
que en 1772, año en que el ingeniero austriaco Juan Jorge Graubner obtuvo permiso de la Junta
de Comercio para inspeccionar la mina y hacer las pruebas que considerara necesarias.
Con una mina de fácil explotación y un mineral
sin mezcla alguna del que obtuvo un latón dúctil
y de buen color, Graubner no dudó en presentar un proyecto
para la instalación de una industria latonera en Riópar.
En la Real Cédula de Carlos III de 19 de Febrero de 1.773 de concede a J.J. Graubner el permiso
para establecer una fábrica de latón con los privilegios que por entonces contaban
las Reales Fábricas.
Inmediatamente Graubner buscó el lugar para las instalaciones. El municipio de Riópar
contaba con todo lo necesario para el funcionamiento de una metalurgia: el mineral, el agua utilizable
como energia hidráulica, y bosques que proporcionarían carbón para los hornos.
Dos son los lugares elegidos:
El primero junto al arroyo del Gollizo al que denominó San Juan. Aquí estarían
la fundición del latón y la fabricación de planchas, cascos y alambres.
Lugar al que corresponde el plano adjunto.
Gracias a la inclinación del terreno el mismo caudal de agua se
utiliza hasta tres veces para mover diferentes martinetes,
conduciéndola
a través de canales de una presa a otra.
Las Fábricas de San Juan de Alcaraz es la única
metalurgia europea de aquella época
de la que aún quedan edificios, canales, balsas, de otras como
al de Goslar en Alemania pese a su importancia, sólo queda el
nombre.
Al pie de la mina ubicará Graubner San Jorge, lugar
donde se realizará la preparación del cobre
y del cinc.
En verano el escaso caudal del Arroyo del Gollizo obligaba
a paralizar los trabajos por falta de energía para los martinetes, este problema lo solucionara Larrumbide en 1817 al realizar
las obras necesarias para que otros arroyos sumasen sus aguas al del Gollizo.
San Jorge junto al rió Mundo no tuvo ese problema sino justamente el contrario. Las fuertes crecidas
de este río crearon innumerables problemas, incluso antes de su puesta en funcionamiento,
cegando canales, provocando repetidos daños en las instalaciones
y obligando a costosas reparaciones.
La crecida de 1812 provocó tales
destrozos en maquinarias y construcciones que se decidió abandonar
este emplazamiento y trasladar la actividad a San Juan.
Esta fue también la razón del abandono de San
Miguel (conocido hoy como el Laminador. Esta tercera fábrica
dedicada a hacer planchas de cobre con cilindros laminadores
(última tecnología en la época) se situó
en la confluencia del río Mundo con el de La Vega.
Agua no habría de faltarle, en el invierno de 1802,
dos años después de su inauguración,
la crecida arruinó cuanto encontró a su paso.
Las pérdidas fueron tales que jamás volvió
a ponerse en marcha y su actividad se traslado también
a San Juan.
La plantilla de la fabrica al inicio de 1774 estaba formada por seis
españoles, siete alemanes y un francés. En octubre de ese año había treinta
obreros eventuales y 24 fijos. La cualificación técnica recaía sobre los extranjeros
mientras que los españoles eran simples peones.
La convivencia entre unos y otros no fue fácil, como tampoco las relaciones de la nueva
población con los vecinos de Riópar, que vieron como las fábricas el derecho
de uso del agua y de los bosques.
Uno de los privilegios que consiguió Graubner
fue el no estar sometido a los representantes de la
Justicia de Riópar, sino que las Reales Fábricas
contasen con su propio representante que resolvía
los litigios internos y los de los vecinos de Riópar
si estaban relacionados con ella (no hace falta pensar
mucho para saber quien llevaba siempre la razón)
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Aunque los salarios eran altos, el aislamiento, el clima
y la relación entre vecinos no hacían muy fácil
la vida en Las Fábricas.
Para evitar que los maestros se marcharan la empresa les proporcionaba
casa y, a raíz de una propuesta de Campomanes, un trozo
de tierra para el cultivo conocido por el nombre de “suerte”,
pues para adjudicarla esa tierra se sorteaba entre los obreros.
Otro de los beneficios al que podían acogerse los obreros
de las Reales Fábricas era la exención del servicio
militar.
A partir de su apertura y a lo largo de todo el siglo XIX
continuaron llegando trabajadores de otros países europeos
y del resto de España. De estas fábricas han
salido los maestros que han extendido esta metalurgia por
todo el país.
Este intercambio continuo ha marcado la diferencia entre Riópar
y otros pueblos de la sierra. Las Fábricas de San Juan
de Alcaraz fueron absorbiendo al antiguo pueblo de Riópar,
hasta quedarse con su nombre hace algo más de una década.
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